Tuve Un Sueño. Tenía Todo Lo Que Quería.

Nara. Japón. Noviembre.2019

Billie Eilish

Tuve un sueño. Tenía todo lo que quería

Seguro que todos esos que consideráis que sería terrible vivir sin música, que usáis las canciones como tablas de salvamento en los malos momentos o que encendéis la radio nada más levantaros, habéis sentido escalofríos con miles de piezas.

Es una sensación única dejarse llevar por unas notas y sentir que invaden nuestro cuerpo pero, es más única la sensación que produce ver como el cuerpo responde ante esos estímulos musicales, ya sea en forma de escalofríos, de piel de gallina o de lágrimas cayendo por nuestras mejillas

Todas esas sensaciones corporales y mentales que tenemos cuando escuchamos nuestros temas favoritos o esa banda sonora que nos rompe el alma, tienen una explicación según una investigación publicada por Social Cognitive and Afective Neuroscience, y es que las personas cuyos cuerpos responden a la música tienen un cerebro estructuralmente diferente al resto.

En estas sensibles personas, la corteza auditiva se comunica de manera más eficiente con aquellas áreas del cerebro asociadas con el procesamiento emocional.

Matthew Sachs, un estudiante de doctorado de la USC y el investigador principal del estudio, dice que esto se debe a que hay muchas más fibras que unen las dos regiones, por lo tanto, tales conclusiones ofrecen profundas perspectivas científicas y filosóficas, arrojando luz sobre por qué la música nos ha tocado y nos ha hecho sentir tantas emociones desde siempre.

Los investigadores declaran, “Los resultados obtenidos, arrojan información tanto científica como filosófica sobre los orígenes evolutivos de la estética humana, específicamente de la música; tal vez una de las razones por las que la música es un artefacto culturalmente indispensable es porque apela directamente a través de un canal auditivo a los centros de procesamiento emocional y social del cerebro humano”.

Conocida esta información, ya sabéis, coged el dispositivo de reproducción musical que tengáis más a mano, poneros esa canción con la que os gusta haceros el harakiri y poned en funcionamiento vuestra corteza auditiva, esa que conecta con el lado más emocional de nuestro órgano más razonable.

Artículo de la revista Cultura Inquieta

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Je m'en va t'ammener où c'est silence

Kyoto. Noviembre 2019

Jordane. Silence

Voy a llevarte a donde está en silencio
Je m’en va t’ammener où c’est silence

Para escuchar solo el murmullo de tu voz, una vez
Pour entendre juste la murmurence de ta voix, une fois

Te voy a llevar a donde está oscuro
J’m’en va t’ammener où y fait noir

Solo para ver el brillo en tus ojos, un fuego
Juste pour voir la p’tite brillance dedans tes yeux, un feu

Hay muchas cosas que no diremos
Y’a plein d’affaires qu’on dira pas

Siempre hay algo que nunca decimos, y nunca decimos
Y’en a toujours qu’on dit jamais, pis qu’on dit jamais

Te voy a llevar a un desierto
J’m’en va t’ammener dans un désert

Grande como el mar, te veo corriendo para perder el horizonte
Grand comme la mer, te voir courir à perdre l’horizon

Hay muchas cosas que no diremos
Y’a plein d’affaires qu’on dira pas

Siempre hay algo que nunca decimos, y nunca decimos
Y’en a toujours qu’on dit jamais, pis qu’on dit jamais

Te voy a llevar a la muerte
J’m’en va t’ammener devant la mort

Cuando la vida vaya a ver si tu corazón latirá de nuevo al amor
Quand la vie part voir si ton coeur battra l’amour encore

Hay muchas cosas que no diremos
Y’a plein d’affaires qu’on dira pas

Siempre hay algo que nunca decimos, y nunca decimos
Y’en a toujours qu’on dit jamais, pis qu’on dit jamais

Voy a llevarte a donde está en silencio
J’m’en va t’ammener où c’est silence

fred pellerin

Para los japoneses, hallarse desprovistos de todo en un momento puntual de la vida puede suponer dar un paso hacia la luz de un conocimiento increíble. Asumir la propia vulnerabilidad es una forma de coraje y el mecanismo que inicia el saludable arte de la resiliencia, ahí donde no perder nunca la perspectiva o las ganas de vivir.

En Japón, hay una expresión que empezó a utilizarse con frecuencia tras los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki. Esta expresión de algún modo volvió a adquirir una trascendencia notable tras el desastre del tsunami del 11 de marzo del 2011. «Shikata ga nai» significa «no hay más remedio, no hay alternativa o no hay nada que hacer».

Lejos de entender esta expresión desde una perspectiva derrotista, sumisa o negativa como lo haría cualquier occidental, los nipones se nutren de ella para entenderla de un modo más útil, más digno y trascendente. En estos casos de injusticia vital, la ira o el enojo no sirven de nada. Tampoco esa resistencia al sufrimiento donde uno queda eternamente cautivo del «por qué a mí o por qué ha ocurrido esta desgracia».

La aceptación es el primer paso para la liberación. Uno nunca podrá desnudarse del todo de la pena y el dolor, queda claro, pero tras aceptar lo sucedido se permitirá a sí mismo seguir avanzando retomando algo esencial: la voluntad por vivir.

Desde el terremoto del 2011 y el posterior desastre nuclear en la central de Fukushima, son muchos los periodistas occidentales que suelen viajar hasta el noroeste de Japón para descubrir de qué manera persisten las huellas de la tragedia y cómo su gente está logrando poco a poco emerger del desastre. Es fascinante entender cómo se enfrentan al dolor de la pérdida y al impacto de verse desprovistos de la que hasta entonces había sido su vida.

Sin embargo, y por curioso que parezca, los que hacen este largo viaje se llevan a sus países algo más que un reportaje. Algo más que unos testimonios y unas fotografías impactantes. Se llevan sabiduría de vida, vuelven a las rutinas de su mundos occidentales con la clara sensación de ser diferentes por dentro. Un ejemplo de este coraje existencial lo ofrece el señor Sato Shigematsu, quien perdió en el tsunami a su esposa y a su hijo.

Cada mañana escribe un haiku. Es un poema compuesto por tres versos donde los japoneses hacen referencia a escenas de la naturaleza o a la vida cotidiana. El señor Shigematsu encuentra un gran alivio en este tipo de rutina, y no duda en mostrar a los periodistas uno de estos haikus:

«Desprovisto de  pertenencias, desnudo

Sin embargo, bendecido por la Naturaleza

Acariciado por la brisa del verano que marca su inicio».

Tal y como les explica este superviviente y a la vez víctima del tsumami del 2011, el valor de abrazar su vulnerabilidad cada mañana a través de un haiku le permite conectar consigo mismo mucho mejor para renovarse al igual que lo hace la propia naturaleza. Entiende también que la vida es incierta, implacable a veces. Cruel cuando así lo quiere.

Sin embargo, aprender a aceptar lo ocurrido o decirse a ellos mismos aquello de «Shikata ga nai» (acéptalo, no hay más remedio) le permite dejar a un lado la angustia para centrarse en lo necesario: reconstruir su vida, reconstruir su tierra.

El dicho «Nana-Korobi, Ya-Oki» (si te caes siete veces te levantas ocho) es un viejo proverbio japonés que refleja ese ideal de resistencia tan presente en prácticamente todas las facetas de la cultura japonesa. Esta esencia de superación la podemos ver en sus deportes, en su modo de llevar a cabo los negocios, de enfocar la educación o incluso en sus expresiones artísticas.

«El guerrero más sabio y fuerte está provisto del conocimiento de su propia vulnerabilidad»

Ahora bien, cabe señalar que hay importantes matices en ese sentido de resistencia. Entenderlos nos será de gran utilidad y a su vez, nos permitirá acercarnos a una forma más delicada e igualmente eficaz a la hora de hacer frente a la adversidad.

Según un artículo publicado en el periódico «Japan Times«, practicar el arte de la aceptación o de «Shikata ga nai» genera cambios positivos en el organismo de la persona: se regula la tensión arterial y se reduce el impacto del estrés. Asumir la tragedia, tomar contacto con nuestra vulnerabilidad presente y nuestro dolor es un modo de dejar de luchar ante lo que ya no puede cambiarse.

Después del desastre del tsunami, la mayoría de los supervivientes que podían valerse por sí mismos, empezaron a ayudarse los unos a los otros siguiendo el lema «Ganbatte kudasai» (no hay que darse por vencidos). Los japoneses entienden que para afrontar una crisis o un momento de gran adversidad, hay aceptar las propias circunstancias y ser de utilidad tanto para uno mismo como para los demás.

Otro aspecto interesante en el que fijarnos es en su concepto de calma y paciencia . Ellos saben que todo tiene sus tiempos. Nadie puede recuperarse de un día para otro. La sanación de una mente y un corazón lleva tiempo, mucho tiempo, al igual que lleva tiempo volver a levantar un pueblo, una ciudad y un país entero.

Es necesario por tanto ser pacientes, prudentes pero a la vez, persistentes. Porque no importa cuántas veces nos haga caer la vida, el destino, el infortunio o la siempre implacable naturaleza con sus desastres: la rendición nunca tendrá cabida en nuestra mente. La humanidad siempre resiste y persiste.

Valeria Sabater

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Viaje a Japón. A La Caza de los Colores

Probablemente voy a ser yo,y antes de que esto suceda….

Cada año, en octubre, Japón inicia una revolución. Como una oleada de acuarelas, el otoño comienza a cubrir el paisaje de norte a sur, tiñendo las hojas desde el amarillo solar hasta el rojo incandescente, pasando por naranjas que recuerdan a las ascuas crepitantes de una hoguera.

Momiji

El otoño en Japón es una explosión de brillo© Getty Images

A este proceso se le denomina kōyō y tiene lugar hasta mediados de diciembre

Sin embargo, y aunque kōyō es su nombre, el término por el que se ha hecho famoso a nivel planetario es momiji. Para los japoneses, ambos términos significan lo mismo, incluso se escriben con los mismos kanjis, 紅葉.

Pero si momiji se ha hecho tan conocido es porque hace referencia a la gran estrella del otoño en el país: el arce japonés. Sus pequeñas hojas de cinco puntas son las que ofrecen el mayor cambio en el espectro, desde el verde hasta el rojo, pasando por múltiples matices de naranjas y amarillos.

Aunque el otoño es espectacular en todo el planeta y cada lugar ofrece paisajes de ensueño, una cosa sí es cierta: el otoño japonés es de los más especiales del mundo. Sus colores no ofrecen, apenas, tonos ocres o apagados, salvo los presentes en los últimos estadios de la transformación. El otoño en Japón es una explosión de brillo.

Momiji

El arce japonés: protagonista absoluto del momiji© Getty Images

EL MOMIJI-GARI, A LA CAZA DE LOS COLORES

Al hecho de salir a cazar el otoño se le llama momiji-gari. Proviene del término gari, caza, aunque se utiliza para toda actividad relacionada con salir al bosque a disfrutar del entorno natural. Y eso es, precisamente, lo que significa el momoji-gari: salir a disfrutar de los colores del otoño.

Los japoneses son avezados cazadores del otoño con varios siglos de tradición. Esta se remonta, al menos, al siglo VIII, cuando aparece ya mencionado en la obra poética Manyoshu, perteneciente al período Nara (entre el 710 y el 794).

«Akiyama no, momiji o shigemi, madoinuru, imo o motormen, yamamichi shirazumo»

«En la montaña de otoño,

como está tan frondoso el momiji,

has desaparecido.

¡Amor mío, voy a buscarte,

pero no conozco la senda!»

Este poema lo escribió Kakinomoto no Hitomaro, uno de los considerados 36 Poetas Inmortales de la poesía medieval japonesa.

Kioto

Kioto, uno de los lugares más bellos donde capturar el otoño japonés© Getty Images

 La lista con los espacios donde el otoño luce de forma más espectacular.

Hokkaido: Monte Daisetsu-zan (Monte Kuro-dake). De mediados a finales de septiembre.

Kioto: Arashiyama. De mediados de noviembre a comienzos de diciembre.

Nagano: Lago Kumobaike. De mediados de octubre a comienzos de noviembre

Nara: Parque de Nara. De comienzos de noviembre a comienzos de diciembre.

Artículo Traveler

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“Ven conmigo”

Ven conmigo, yo te enseñaré el mundo. Come.Jain

Leo en una entrevista a Richard Davidson, especialista en neurociencia afectiva, que «la base de un cerebro sano es la bondad»

Suelo definir la bondad como toda acción que colabora a que la felicidad pueda comparecer en la vida del otro. A veces se hace acompañar de la generosidad, que surge cuando una persona prefiere disminuir el nivel de satisfacción de sus intereses a cambio de que el otro amplíe el de los suyos.

En la arquitectura afectiva coloco la bondad como contrapunto de la crueldad (la utilización del daño para obtener un beneficio), la maldad (ejecución de un daño aunque no adjunte réditos), la perversidad (cuando hay regodeo al infligir daño a alguien), la malicia (desear el perjuicio en el otro aunque no se participe directamente en él). La bondad es justo lo contrario a estos sentimientos que requieren del sufrimiento para poder ser.

La bondad liga con la afabilidad, la ternura, el cuidado, la atención, la conectividad, la empatía, la compasión, la fraternidad, todos ellos sentimientos y conductas predispuestos a incorporar al otro tanto en las deliberaciones como en las acciones personales. Se trataría de todo el aparataje sentimental en el que se está atento a los requerimientos del otro.

La amabilidad es aquella acción en la que tratamos al otro con la bondad y consideración que se merece toda persona por el hecho de serlo. Intentar colmar nuestros propósitos pero teniendo en cuenta también los del otro es una conducta muy sabia para que los demás la repliquen cuando seamos nosotros los destinatarios del curso de acción.

Ser bondadoso con los demás es serlo con uno mismo, con nuestra común condición de seres humanos empeñados en llegar a ser el ser que nos gustaría ser. Ayudar a que la felicidad desembarque en la vida de los demás es ayudar a que también desembarque en la nuestra. De ahí que no haya mayor beneficio social para todos que la magnitud cooperativa, que se nutre de la bondad y la ética, si es que esta tríada mágica no es la misma cosa astillada en distintas palabras.

Richard Davidson defiende que la bondad se cultiva. En su instituto entrenan a chicos y chicas. En los ejercicios acercan a su mente a una persona que aman, reviven una época en la que esta persona fue aguijoneada por el sufrimiento y sopesan qué hacer para liberarla de ese dolor.  Luego amplían el foco a personas que no les importan y finalmente a personas que les irritan. En este breve recorrido se puede sintetizar en qué consiste humanizarnos.

En Los siete pecados capitales, Savater aclaraba : «Las virtudes no se aprenden en abstracto. Hay que buscar a las personas que las posean para poder aprenderlas».

Sabemos qué es la bondad, pero para aprenderla necesitamos contemplarla en personas consideradas valiosas por la comunidad y reproducirla en nuestra vida.

Pocas tareas requieren tanta participación de la inteligencia, pero pocas satisfacen tanto cuando se automatizan a través del hábito. Cuando alguien lo logra estamos ante un sabio.

Parte de un artículo de José Miguel Valle.

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“Contemplando”

Enfrentamos la música juntos / Y arrojamos sombreros al ring / Enfrentando todo tipo de clima / Y sin miedo a nada”.”Cuando salga el sol / estaremos en camino / y no nos importa dónde aterricemos”.”Y las olas son altas / Pero no nos importa / Porque tu mano está en mi mano”.”Y, oh, me haces sentir invencible / Porque somos tú y yo / A través del viento y el granizo / Navegando por el mundo”.

Hay quien mira pero no ve, hay quien oye pero no escucha y quien toca pero no siente. Por eso prefiero a quien sabe apreciar los detalles valiosos y las sutilezas de la vida, a quien pone voluntad en ello y sabe contemplarme hasta llegar hasta lo más hondo de mi ser sin necesidad de pasaporte. Porque quien combina la intencionalidad con la emoción sincera disfruta mucho más.

Dicen los antropólogos y los psicólogos que la observación ha sido siempre la clave de la supervivencia en el ser humano. Sin embargo, hemos llegado a un punto en nuestra evolución en que si hay algo que nos define es precisamente la distracción. Somos, cada uno a su manera, esa sociedad hiperventilada que vive pendiente de mil estímulos a la vez, que ignora a los sentidos pero a la vez no los soporta dormidos. Queremos abarcarlo todo sin percibir si quiera qué o a quién tenemos en frente.

«Pensar es más interesante que saber, pero menos interesante que mirar»

-Goethe-

Los expertos nos dicen que si en el pasado no hubiéramos sido unos buenos observadores probablemente hubiéramos desaparecido como especie. Nuestros ancestros usaban todo el potencial de sus sentidos para intuir cualquier riesgo, amenaza o estímulo del cual podían sacar algún beneficio. Afinábamos el oído, la vista y el olfato para captar cada detalle de nuestro entorno… Nada se nos escapaba.

Sin embargo, en el momento presente la mayoría nos hemos convertido en observadores perezosos, de esos para quienes ni las señales acústicas ni visuales son suficientes para hacernos alzar la vista mientras cruzamos un paso de cebra. No solo estamos dejando de percibir los peligros, sino que algunos de nosotros nos estamos perdiendo detalles valiosos e incluso esas fascinantes sutilezas que conforman nuestra realidad

Shop suey cuadro de Edward Hooper

Los detalles valiosos son como pequeñas cajas disimuladas en nuestra realidad donde se almacena una información determinada y admirable. Un gesto, una mirada, un tono de voz, un cambio de luz, un cuadro inclinado, un insecto que bebe agua en una gota de rocío… Todo ello son sutilezas que habitan en nuestro campo de visión y que no siempre apreciamos. Tal vez por falta de voluntad, tal vez por escasez de tiempo.

Asimismo es necesario recordar que «ver no es lo mismo que mirar». Para entenderlo mejor fijémonos por un momento en la pintura de Edward Hopper que tenemos más arriba. Habrá quien sencillamente enfoque sus ojos en la obra durante unos segundos sin apreciar nada, sin notar nada. Otros, en cambio mirarán con intencionalidad para decidir qué ver, para captar el alma del cuadro, para leer sus detalles valiosos, y aún más, lo «contemplarán» hasta el punto de personalizarse en alguna de esas figuras.

El buen observador, el que trasciende más allá de la realidad, percibirá sin duda el sutil enigma que Hopper quiso trasmitir con esta obra. Vemos a dos mujeres en un restaurante, pero nos inquietan ante todo sus semejanzas y el gesto de la que tenemos en frente. ¿La razón? La joven que tiene ante ella es su Doppelgänger, su doble, su «otro yo».

El acto de «ver» es el primer escalón de la conciencia, es un «yo» pequeñito que nos ayuda a discriminar cosas, objetos, personas… Sin embargo, es el acto de «mirar» quien nos permite despertar, quien nos ofrece la oportunidad de traspasar al otro para tomar contacto con su alma para captar su esencia.

Por otro lado es interesante saber que en el test del eneagrama tenemos también a la personalidad «observadora», a quien se la define como a una persona curiosa, innovadora, capaz de tomar distancia de las cosas para emitir sus propios juicios. Son además perfiles independientes, sencillos y muy perspicaces.

En nuestra sociedad actual vemos pero no miramos. Deslizamos el dedo por la pantalla de nuestros móviles en un acto rutinario, mecánico, obsesivo a veces. Nos sentamos ante la televisión y a menudo, nos limitamos a ver todo lo que nos echen. Lo mismo sucede a veces con nuestra existencia, vemos y respiramos pero no vivimos, no al menos del modo en que de verdad podríamos hacerlo: con los ojos más atentos y el corazón más receptivo.

«El grado sumo del saber es contemplar el porqué» -Sócrates-

Uno de los libros más interesantes sobre este mismo tema y que sin duda nos invita a la reflexión es «Escuchar con los ojos» de Ferrán Ramón Cortés. El argumento no puede ser más sencillo: un hombre ve de pronto cómo una de sus compañeras más valiosas de trabajo abandona el puesto. El protagonista no entiende la razón y se da cuenta de que a pesar de haber compartido 5 años de profesión con ella, no la conoce.

Tras esto decide mejorar habilidades sociales. Decide hacer fotografía y aprender a poner la mirada en el objetivo para entender mucho mejor su realidad, para captar el detalle, para trascender, para saber contemplar y llegar a las personas con autenticidad sacando una por una todas esas «capas de cebolla» que envuelven a nuestros comportamientos y a nuestros propios entornos cotidianos.

Para concluir, algo que hemos podido entender es que todos nosotros podemos elegir en nuestro día a día dos opciones: ver la vida o mirar en detalle esa realidad de la cual, ser pleno partícipe. Más aún, existe una tercera opción más enriquecedora pero que sin duda, requiere más tiempo  y voluntad, hablamos sin duda de la capacidad de «contemplar» nuestra realidad, de tocar el alma de las cosas y sumergirnos en sus múltiples misterios y enigmas, como el cuadro de Edward Hopper que ilustran este artículo.

Artículo escrito por Valeria Sabater

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Vé y Diles

 Ve y diles que me importa un bledo Que no estoy de humor, que no me apunto Quiero marcharme, ir a otro lado Quiero recorrer el mundo, salir de este agujero, Quiero armarla gorda. El mundo nos extiende la mano y ya está.

Soy lo que soy, un granujilla Al que le gusta mirar hacia arriba Ve y diles que me da igual Que no estoy de humor, que no me apunto Quiero marcharme, ir a otro lado Quiero recorrer el mundo, salir de este agujero Ve y diles que me da igual Que no estoy de humor, que no me apunto Quiero marcharme, ir a otro lado

Entiende que no me puedo quedar atrapado aquí Para crecer hay que encontrar un lugar Por ahora, lo admito, solo tengo un plan A Pero quién sabe, mañana puedo tener un plan B Ve y diles que me da igual Que no estoy de humor, que no me apunto Quiero marcharme, ir a otro lado Quiero recorrer el mundo, salir de este agujero Ve y diles que me da igual Que no estoy de humor, que no me apunto Quiero marcharme, ir a otro lado Quiero ver el país, salir de este agujero Quiero armarla gorda Ven conmigo, vale la pena intentarlo No tenemos nada que perder, somos jóvenes y locos El mundo nos extiende la mano y ya está Ve y díselo, ve y díselo

Un mapa de las casas de Frank Lloyd Wright en los Estados Unidos, © HomeAdvisor
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Frank Lloyd Wright fue uno de los arquitectos estadounidenses más influyentes a nivel mundial, precursor del Movimiento Moderno, de la arquitectura orgánica y del movimiento Prairie School. La obra de Wright ha adquirido cada vez más importancia a través de los años y esto se ha visto reflejado en distintas acciones que buscan conservar su obra ya que, recientemente 8 de sus proyectos fueron inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.

A lo largo de los 50 años de la carrera de Wright, sus esquemas responden a la abstracción del espacio, a formas como principios naturales y a la evolución de la experiencia estadounidense. De esta forma, Frank Lloyd Wright buscó cambiar la forma en que los usuarios vivían sus vidas y fue así, la influencia de su extensa carrera está entretejida en el tapiz de la cultura estadounidense. Su trabajo ha influenciado a un gran grupo de profesionales y los diseños de las casas de Wright cambiaron la forma en que se construyen las casas, específicamente en Estados Unidos.

Numerosos son los ejemplos de su trabajo en casi todos los estados del país por lo que Home Advisor, realizó un mapa en donde registra algunas de las casas que proyectó Frank Lloyd Wright en cada región de Estados Unidos. Sigue leyendo para ver las ilustraciones de forma individual.

Creamos una lista de los 37 estados que tienen una propiedad residencial construida a partir de los diseños de Frank Lloyd Wright. Para hacerlo, obtuvimos información sobre las obras del arquitecto de una amplia variedad de fuentes. La lista incluía propiedades que desde entonces han sido demolidas, destruidas, dañadas, renovadas y restauradas, así como aquellas construidas desde la muerte de Wright en 1959. Para crear el mapa final, seleccionamos las casas con mayor importancia histórica o arquitectónica de cada estado.

1. Alabama – Rosenbaum House (1939)

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2. Arizona – David & Gladys Wright House (1950)

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3. Arkansas – Bachman-Wilson House at Crystal Bridges (1954)

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4. California – Hollyhock House (1917)

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5. Connecticut – Rayward-Shepherd House (Tirranna) (1955)

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6. Delaware – Dudley Spencer House (Laurel) (designed 1956; completed 1959)

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7. Florida – Lewis Spring House (1954)

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8. Hawaii – Frank Lloyd Wright House (1995)

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9. Idaho – Archie Teater Studio (Teater’s Knoll) (1952)

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10. Illinois – Avery Coonley House (1907)

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11. Indiana – K.C. DeRhodes House (1906)

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12. Iowa – Stockman House (1908)

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13. Kansas – Allen–Lambe House (Henry J. Allen House) (1915)

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14. Kentucky – Reverend Jesse R. Zeigler House (1910)

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15. Maryland – Robert Llewellyn Wright House (1953)

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16. Massachusetts – Theodore Baird House (1940)

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17. Michigan – Robert and Rae Levin House (1948)

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18. Minnesota – Elam House (1950)

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19. Mississippi – Charnley-Norwood House (Designed: 1890)

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20. Missouri – Pappas House (1960-1964)

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21. Nebraska – Harvey P. and Eliza Sutton House (1905)

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22. New Hampshire – Toufic H. Kalil House (1955)

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23. New Jersey – J.A. Sweeton Residence (1950)

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24. New Mexico – Arnold Friedman House (1945)

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25. New York – E.E. Boynton House (1908)

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26. Ohio – Westcott House (1904)

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27. Oklahoma – Richard L. Jones House (Westhope) (1929)

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28. Oregon – Gordon House (1956-64)

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29. Pennsylvania – Fallingwater (1935)

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30. South Carolina – C. Leigh Stevens House (“Auldbrass Plantation”) (1941)

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31. Tennessee – Seamour and Gerte Shavin House (1952)

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32. Texas – John Gillin Residence (1958)

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33. Utah – Don M. Stromquist House (1963)

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34. Virginia – Pope–Leighey House (1940)

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35. Washington – Chauncey L. Griggs Residence (1946–54)

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36. Wisconsin – F.G. Bogk House (1916)

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37. Wyoming – Quintin Blair House (1952–53)

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por Mónica Arellano

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¿PERDONAR?

Aula de arquitectura de La Sorbonne, Paris 2019
Sabes lo maravilloso que eres. Gordon Haskell

 

El perdón es positivo, de eso no cabe dudas. Un estudio realizado por la Universidad de Washington comprobó que perdonar una transgresión reduce tanto la presión arterial de la víctima como de la persona que cometió el acto. Otro estudio desarrollado en la Universidad de Miami reveló que el perdón aumenta la satisfacción en la vida de la víctima y mejora su estado de ánimo. 

Pero, ¿qué sucede cuando perdonamos a alguien que no ha intentado compensar sus malas acciones, o cuando perdonamos a quien no se arrepiente sinceramente y le permitimos seguir a nuestro lado?

¿Qué sucede cuando perdonamos a una persona que nos ha lastimado una y otra vez?

Si perdonamos en repetidas ocasiones a alguien que ni siquiera se ha disculpado y le permitimos seguir siendo parte de nuestra vida, con vía libre para continuar hiriéndonos, perdemos el respeto por nosotros mismos y, de cierta forma, caemos en el error de negociar nuestra dignidad. Es lo que se conoce como “efecto felpudo”.

El efecto felpudo hace referencia a la tendencia a perdonar siempre, sin tener en cuenta las consecuencias negativas que provoca en nosotros el perdón. En la práctica, es poner a la otra persona por encima de nuestras necesidades emocionales.

Los motivos para perdonar repetidamente y convertirnos en un felpudo son diferentes, desde haber establecido una relación dependiente sin darnos cuenta hasta creer que perdonar es obligatorio.

El efecto felpudo sucede cuando perdemos la vista de los límites del perdón, lo cual resulta sumamente perjudicial para la autoestima y el autoconcepto.

Esta dinámica se da con frecuencia en dos ámbitos muy concretos: las relaciones afectivas y el mundo laboral. Perdonamos a nuestras parejas una y otra vez porque hay un componente emocional. Cedemos con nuestros jefes y compañeros de trabajo porque necesitamos mantener nuestro puesto en la organización.

Adicionalmente, no podemos negar que nos han educado para pensar que el perdón es algo bueno; asumimos que, al hacerlo, recibiremos algún beneficio (paz o respeto por parte del otro). Además, si revisamos la literatura científica, veremos que abundan los estudios que hacen referencia a los beneficios del perdón, pero pocas veces se habla de sus desventajas.

Ser un felpudo puede llevarnos a situaciones de gran desgaste psicológico y derivar en depresiones, ansiedad, entre otras condiciones que deterioran tanto nuestra salud física como emocional. Más vale tener cuidado con el perdón en exceso, y para ello es importante estar alerta a las señales.

Cuando nos escuchamos decir frases como:“Lo que pasó no fue importante”, “no te preocupes, todo está bien”, “la próxima vez será diferente”, “olvidemos lo ocurrido”es muy probable que estemos olvidándonos de nuestras necesidades para dar por sentada la obligación de perdonar al otro, incluso sin estar preparados para ello. Es una falsa ilusión de cortesía y “grandeza espiritual” que tarde o temprano termina por pasarnos factura.

Los estudios psicológicos hacen énfasis en la importancia de otorgar el perdón siempre y cuando hayamos asimilado lo ocurrido tras un delicado proceso de aceptación del pasado; ser un felpudo hace imposible vivir el proceso de forma natural, nos empuja en la línea del tiempo hacia un remedio apresurado más peligroso que la enfermedad.

Los estudios han demostrado que, en una relación donde hay desequilibrio de poder, la persona con poder suele perdonar menos que su contraparte. Perdonar a alguien que nos ama o valora menos de lo que le amamos o valoramos implica emprender un viaje a la sumisión y la desvalorización personal.

El efecto felpudo puede conducirnos a situaciones que provocan un gran aturdimiento psicológico. Por nuestro propio bienestar, debemos asumir que hay límites y excepciones, que el perdón forma parte de un proceso terapéutico para sanar nuestras heridas emocionales, pero hay situaciones en las que no es aceptable ni recomendable.

Incluso si la decisión de no perdonar es criticada por quienes nos rodean, tengamos en cuenta que no todo egoísmo es malsano, y que no podemos ser luz para los demás sin serlo, primero, para nosotros mismos

 Phrònesis

 
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