El Anciano de Koyasan

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Lo más bonito que nos pasó, ocurrió en Koyasan:
Este pueblo de difícil acceso porque está en la montaña y hay que tomar varios trenes y un funicular para llegar, es un sitio de peregrinación  con más de 100 templos budistas, y nos alojamos en uno de ellos.
Fuimos recibidas por un monje, jorobado y cojo (Quasimoto, le pusimos de nombre, por su parecido con el de Notre Dame), con muy malas pulgas; Ya se enfadó cuando alguna de nosotras al quitarse los zapatos para entrar, pisó el suelo de madera sin ponerse previamente las zapatillas. Nos enseñó donde estaba el baño público con su onsen, y las habitaciones. LLegamos sobre las siete de la tarde, y el templo cerraba sus puertas a las diez, así que nos apresuramos a salir para tomar el autobús que nos llevara al cementerio budista de Okunoin y  verlo por la noche.
Un camino bordeado por  farolas de piedra iluminadas  (ahora con bombillas, pero te imaginabas que en su lugar, antiguamente habría velas) que en ocasiones, se bifurcaba como en un laberinto, con tumbas a ambos lados en un bosque de grandes árboles, solas sin ver a nadie, solo tumbas, algún escalofrio creo que nos recorió la espalda , impresionante y tétrico; Vamos que durante la hora aproximada que estuvimos, en pocas ocasiones alguna de nosotras se quedaba rezagada.
A la salida como por la hora ya no había autobuses, emprendimos el camino de vuelta, nos quedaba una media hora larga a pie para llegar.
Cuando ya llevábamos bastante tiempo andando, nos dimos cuenta que nos habíamos perdido, por primera vez y última en todo el viaje.
Las calles solitarias y el miedo a no llegar antes de que nos cerraran las puertas, nos puso algo inquietas y decidimos preguntar a un viejo japonés que se acercaba; Él ni papa de inglés, nosotras de japonés lo normal, es decir nada, así que señalando en el mapa, que tampoco entendía porque estaba escrito en inglés, empezó a hacer gestos (decía algo asi como kore, kore) para que le siguiéramos, y nosotras alucinadas lo hicimos, nos llevó a lo que parecía su casa, y nos señaló el coche, tras entrar, supongo que a coger las llaves, nos abrió las puertas y nos montamos, las risas y comentarios entre nosotras hacían que el sonriera, y cuando vimos que nos estaba llevando a ver uno de los templos por el camino que terminaba en el funicular, se multiplicaron las risas nerviosas, hasta que paró en una estación de autobuses, que pese a la hora que era estaba abierta y dos japoneses conversaban fumando. Por fin en inglés conseguimos que le tradujeran al anciano adonde íbamos, al coche otra vez y en cinco minutos nos dejó sanas y salvas en la puerta a la diez menos cinco. Uff…
Al día siguiente pasamos por su casa a darle las gracias y a hacernos fotos con él, el también sacó una cámara y nos hizo una, además de regalarnos un libro precioso sobre Koyasan.
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