Si Tu Supieras

¡Escríbeme qué llevas puesto! ¿Es cálido?
¡Escríbeme en qué duermes! ¿Es también blando?
¡Escríbeme qué aspecto tienes! ¿Sigue siendo el mismo?
¡Escríbeme qué echas de menos! ¿Mi brazo?
¡Escríbeme cómo te va! ¿Te respetan?
¡Escríbeme qué andan haciendo! ¿Tienes bastante valor?
¡Escríbeme qué haces tú! ¿Sigues siendo bueno?
¡Escríbeme en qué piensas! ¿En mí?
¡La verdad es que sólo tengo preguntas para ti!
¡Y espero con ansiedad la respuesta!
Cuando tú estás cansado, nada puedo llevarte.
Si pasas hambre, no puedo darte de comer.
Así que estoy como fuera del mundo,
perdido, como si te hubiese olvidado

Bertolt brech

Si Tú Supieras Compañero. Rosalia

¿Realmente sirve de algo ir a votar?

En 1956 Anthony Downs, licenciado en Ciencias Económicas de la Universidad de Stanford, aplicó la ciencia de la “racionalidad” al estudio de la política. La “racionalidad” alude a tres cosas:

– En primer lugar, las personas racionales tienen preferencias y son conscientes de ellas. Uno puede escoger entre peras o manzanas, entre dólares y peniques, entre ser de derechas o de izquierdas. O le pueda dar igual. La cuestión es que es capaz de comparar dos cosas y de saber cuál de las dos prefiere o si no le gusta ninguna de las dos.

– En segundo lugar, las elecciones de las personas racionales son coherentes. Si uno prefiere una pera a una manzana, y una manzana en lugar de una naranja, entonces, en el segundo de los casos, escogerá la naranja. Así la coherencia equivale a la transitividad.

– En tercer lugar, las personas racionales se mueven por objetivos. Una vez sabemos que queremos, tratamos de conseguirlo.

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Downs, quería saber si el proceso de votar podía considerarse racional y, de ser así, en qué circunstancias, la administración está repleta de procedimientos que reducen el abanico de opciones a dos. Downs asumió que los votantes centrarían en una de las alternativas y pensarían detenidamente en todo lo que ocurriría si su alternativa resultaba elegida. A continuación asignarían un valor a este resultado que describiera los beneficios que traería consigo.

En otras palabras, tratarían de responder a la pregunta de ¿Hasta qué punto me beneficiaría a mi, personalmente, que un candidato saliera elegido presidente? Después pensarían detenidamente sobre la otra alternativa y asignarían también un valor al hecho de que resultara vencedora. Cada votante continuación votaría por la alternativa que tuviera más valor para él._

UN VOTO FRENTE A MILLONES

William Riker, un politógolo de gran influencia de la Universidad de Rochester en las décadas de los 60 y 70 señaló que Downs había pasado por alto el hecho de que no hay un único votante que toma una decisión, sino millones. Para determinar el valor de votar necesitamos decidir no solo quién nos gusta más sino la probabilidad de que nuestro voto ayude a esa persona a ganar.

Por supuesto, existe una única circunstancia en la que el voto de un individuo cuenta. Esa situación es cuando se espera un empate. Para comprobar que esto es cierto basta preguntarse qué haríamos si tuviéramos una bola de cristal mágica y viéramos quién iba a ganar las elecciones por un número, imaginemos de tres millones de votos. ¿Qué efecto tendría nuestro voto en el resultado final? Ninguno.

El mismo razonamiento, sirve para todas las elecciones así de ajustadas. Tenemos que determinar cuáles son las probabilidades de que se produzca un empate exacto. Supongamos que 100 millones de personas votan a un candidato, el otro puede ganar por 100 millones o por 0 ó por 99.999.999 millones a 2 ó por 99.999.998 millones a tres y así sucesivamente … Si se suman todos, hay 100 millones de resultados diferentes posibles y solo uno de ellos será un empate. Dado que el número de personas que votan en las elecciones presidenciales, en nuestro ejemplo, son 100 millones de personas, las probabilidades de empate son de una entre un millón, aproximadamente. La probabilidad exacta es mucho más complicada. Los resultados reñidos son mucho más probables que las victorias aplastantes, así en lugar de teorizar sobre el empate debemos estudiar un montón de elecciones reales para averiguar con qué frecuencia se producen los empates.

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Supongamos que tuviéramos que decidir si votar o no en las elecciones de un año concreto. Teniendo en cuanta todo lo que hemos visto, cuándo tiene sentido votar desde un punto de vista racional.

En primer lugar hay que valorar la diferencia entre un presidente y otro. Esto sería cuánto estoy dispuesto a pagar por ser la única persona con poder para decidir si el próximo presidente del país será un candidato u otro; cuánto estaríamos dispuestos a pagar por ser quien decida sobre el nombre del futuro presidente, un euro, diez, un millón. Supongamos que pensemos que se trata de una decisión muy importante y estamos dispuestos a gastar 1.000 euros de nuestro bolsillo para poder tomarla.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta el hecho de que, al votar, tenemos la oportunidad de determinar el resultado de las elecciones solo cuando haya un empate exacto. Así, el valor de votar no es de 1.000 euros, sino de una posibilidad entre un millón de recuperar esa inversión.

En tercer lugar, hemos de comparar los beneficios que esperamos obtener con los costes que implica votar. La mayoría, de las personas afirma que reunir información y acudir a las urnas no son experiencias especialmente gratas.

VALOR DE UN VOTO

Una vez calculado todos los costes y beneficios, el análisis racional de la decisión de votar sugiera que ésta equivale más o menos a la decisión de gastarse un euro en un billete de lotería que nos da una posibilidad entre un millón de ganar un premio de 1.000 euros.

La relación coste beneficio es extremadamente injusta. Incluso, las loterías del Estado, que invierten el dinero recaudado en servicios públicos después de pagar los premios ofrecen a la gente millones, y no miles, de euros en ganancias por una apuesta similar. ¿Por qué van a votar millones de personas a pesar de lo limitado de las probabilidades de ganar y lo reducido de los beneficios potenciales?

¿Qué hace a las elecciones tan diferentes de la lotería? Este análisis racional de la decisión de votar resulta extraordinariamente deprimente por tres razones:

– La primera, sugiere que el derecho fundamental sobre el que se apoyan las democracias modernas no tiene ningún sentido.

– En segundo lugar, comprobar que el acto de votar es irracional tiene un efecto deprimente. En 1993, los politólogos canadienses André Blais y Robert Young dieron una charla de diez minutos en sus clases sobre el comportamiento electoral de sus alumnos y compararon con el de otros que no habían asistido a la misma. El resultado, fue que los estudiantes que escucharon la charla se mostraron reacios a votar, frente a los que no la escucharon que continuaron con su pensamiento sobre el voto.

– En tercer lugar, la incapacidad de explicar la decisión de votar, pone en tela de juicio el análisis racional de cualquier comportamiento político, porque no podemos recurrir al análisis de costes beneficios para explicar algo tan básico como la decisión de acudir a las urnas, algunos expertos afirman que no tiene sentido aplicar la racionalidad a otras decisiones tales como a quién votar, presentarse como candidato o negociar con adversarios políticos.

Entonces, ¿Por qué la gente decide ir a votar en las elecciones? Las personas no deciden de forma aislada si votarán o no. Abordar el problema desde la perspectiva del votante, individual, impide verlo en su totalidad.https://www.youtube.com/embed/fD46sl7bHxI?enablejsapi=1

VOTAR EN COMUNIDAD

Hay numerosas pruebas que demuestran que la decisión de votar de un solo individuo aumenta las probabilidades de que otros voten también. Cuando decidimos votar también aumentan las probabilidades de que nuestros amigos, familiares y colegas hagan lo propio. En parte porque nos están imitando y en parte porque hacemos un esfuerzo claro por convenverlos. Y, sabemos que, esto último funciona. Se trata de la clásica técnica de “persona a persona”, que continúa siendo la herramienta básica que emplean los partidos políticos en las elecciones modernas. Sobradas pruebas hay que indican que las conexiones sociales pueden ser la pieza clave del rompecabezas de por qué vota la gente.

Sin embargo, esta información sobre los determinantes sociales a la hora de votar nunca han pasado de los preliminares. Los expertos nunca se han preguntado qué sucedería si se tomaran en consideración grupos más grandes de personas.

¿Qué ocurriría si sustituyéramos el acto de votar por el de probar un nuevo champú? ¿Y si el hecho de que yo influyo no sólo a mi amigo sino también a los amigos de mi amigo? Una persona puede tener sólo cinco amigos pero si cada uno de ellos tienen a su vez otros cinco entonces tal vez sea posible que una sola persona pueda influir en 25, y en 125 amigos más de éstas. Con una media de 10 amigos y familiares por persona, podríamos suponer que cada uno de nosotros puede influir en 10 personas, de ahí a 100 y de ahí hasta 1000. Si un voto condujera no solo a 10, sino a cientos de miles de votos, entonces tal vez las probabilidades de influir en los resultados de una elección aumentarían de tal manera que bastarían para explicar por qué vota tanta gente. Tal vez no veamos cuánta gente afectan nuestras decisiones, pero sí podemos tener la sensación de que nuestro voto cuenta mucho más que un voto.

Una serie de líderes de opinión, suelen actuar de intermediarios, filtrando e interpretando la información de los medios para aquellos de sus amigos y familiares que presentan menos atención a la política, en otras palabras, los medios de comunicación parecen funcionar haciendo llegar su mensaje a quienes ocupan un lugar central dentro de sus redes sociales.

También los políticos siguen una estrategia similar, recabando el apoyo a los líderes locales y centrándose en convencer a quienes votan con asiduidad, en lugar de tratar de persuadir a aquellas personas en la periferia de la red social humana y que no pueden participar en las elecciones. Así, y bajo el paraguas de los trabajos de Robert Huckfeldt y John Sprague entre las décadas de lso 70 hasta los 90, hablaban del “efecto bola de nieve”, en el que se pedía a los encuestados que hablaran de los amigos que los influían y que facilitaran su información de contacto, de manera que se pudiera incluirlos también en el estudio. En la política, el refrán “Dios los crían y ellos se juntan” es perfectamente válido.

Da la impresión, de que las personas se agrupan por afinidades políticas, actuando y pensando de manera consensuada con quienes las rodean.https://www.youtube.com/embed/CUdz-ER569g

Con objeto de comprobar hasta qué extremo podíamos llevar la idea de que el acto de votar propaga de persona en persona decidimos tratar de responder a la pregunta:

Si yo voto ¿Cuántas personas más es probable que voten?

Muchas de las interacciones entre amigos y familiares pueden afectar a nuestra decisión de votar o no. La gente puede verse incluida con sólo observar el comportamiento de sus conocidos. También pueden influirle las discusiones sobre temas políticos que mantienen con sus amigos o conocidos e incluso los encuentros fortuitos. Aunque, por lo general, es cierto que hablamos de política solo con unas cuantas personas. Por otro lado, un gran número de personas afirman seguir las campañas, en especial, durante los meses previos a las elecciones; además durante esos meses mantenían de media unas veinte discusiones sobre política durante el periodo crucial de una campaña, en que la gente trata de decidir si va a votar, pero el número de oportunidades de influir es probablemente mayor. Un porcentaje significativo, admitió haber intentado convencer a alguien de que votara al candidato de su elección, demostrando que son muchas las personas convencidas de que otras las imitarán

Valeria Hiraldo leido en Muhimu

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